la noticia apenas me llama la atención. antes de pasar la página , me detengo un instante y miro otra vez la foto de uno de “ los más buscados “ por interpol. ahí esta el hombre aceituna. aquel que vio doscientas veces la película de rambo y salió a actuar el papel. logró hacerse marine, al menos es lo que dice el diario. parece que se escapó de la prisión. dicen que, limpiando un arma, limpió a un compañero en afganistán. qué honor, conocí a uno de “ los más buscados “. era un buen bailarín, tenía bastante estilo a pesar del tamaño y los músculos trabados. la última vez que lo vi fue aquella noche que lo dejé solo en el medio de la pista y me fui con otro. daba trabajo el hombre aceituna, era un poco paranoico. me divertía que usara chapitas colgadas de una cadena, grabadas con su nombre y otros datos, por si un francotirador lo bajaba como a un pato, en ocho de octubre y propios, una mañana cualquiera. así su madre podría recibir el cadáver de su héroe. de lo contrario, nadie lo sabría.
jueves, junio 30, 2005
miércoles, junio 29, 2005
les doy un consejo
no entró en la n.a.s.a. por mérito propio. hubo varias voluntades que lograron su visita. no hablo de un alto comité de científicos de excelente reputación, sino de la febril imaginación de su hermana menor, que le cuidaba el jardín a la viuda de un astronauta, en un suburbio de la florida. por aquella única y poderosa razón aquel fletero por horas recibió una invitación para realizar una visita guiada, en solitario, por los pasillos de la prestigiosa institución. después de cuarenta minutos en los que recorrió un museo, un centro de operaciones, varios laboratorios sofisticados y el centro de entrenamiento en vuelos espaciales llegó el momento de despedirse. el guía, haciendo gala de una amabilidad extrema, le extendió un portafolio con explicaciones técnicas que generalmente estaba destinado a invitados muy importantes. el fletero lo abrió y vió que estaba escrito en la lengua del tío sam. esta bien, dijo sin énfasis, pero la próxima, a ver si lo tienen en español. recuperó el sombrero de charro mexicano que se había comprado en un negocio de recuerdos y que le habían obligado a dejar en la ropería de la entrada y se volvió al uruguay.
martes, junio 28, 2005
un polizón en la república del colesterol
después de estar horas frente a la pantalla, procesando y experimentando con el código fuente, el delfín de una familia de griegos se marcha a su otro trabajo. llega temprano y ayuda al viejo asador a meter la leña de los canastos, en el depósito. faltan algunas horas para que aparezcan de los primeros clientes, este es el momento para atender a los proveedores que traen el pan, el aceite de oliva, los vegetales y la pasta rellena . más tarde entrará el tío con el pescado, directamente desde el puertito del buceo y luego el padre, con la carne y las vísceras. entonces ayuda a prender el fuego y reposa un instante junto a las brasas. piensa en el sistema que logró diseñar en la noche y descubre una solución teórica para una pequeña falla. después entran los comensales y su trabajo está junto a la gigantesca heladera de tapas de madera. una cerveza, dos vasos...una jarra de tinto de medio, tres refrescos, pasame un tanat de pisano, no...el del 2000. esas son las voces que escucha hasta las tres de la tarde. entonces se sienta a comer en la mesa del fondo con los muchachos de la cocina y anota una idea en su ipod. después de tomar un café, besa a su tía, a su abuelo, a su padre y le saca el candado a la bicicleta. es hora de volver a casa, a dedicarse a otra cosa.
sábado, junio 25, 2005
hijos de la culpa
se instala de noche, bajo la ochava de la casa de fotografía. en el piso extiende, sobre una tela negra, los mejores ejemplares de su botín. varios juguetes grandes, coloridos y relucientes, fruto de más de un robo a niños adinerados. hijos de padres culposos, hijos de divorciados, hijos de padres infantiles, hijos de obsesos y coleccionistas. hijos de abusadores. son los que alimentan el negocio del dealer menos carismático de la cuadra. en el corazón de la ciudad vieja, en el epicentro de la ronda nocturna y la joda, acurrucado y sucio, espera el vendedor de juguetes robados. como la parte mas perversa de un universo que lo ha perdido todo. no hay piedad ni para los niños. desde ese extraño rincón espera a los borrachos que quieren seducir a una chica comprándole un robot que se parece a ellos o un jet de luces multicolores a falta de dinero para pasearla en un avión real. cuando algún desconsolado deambula, al final de la noche, sin amor, sin sexo ni abrigo, siempre podrá llevarse a casa un autito majorette a buen precio y así revivir aquella infancia perdida. el vendedor de la ochava come en piso, con las piernas dobladas, en cuclillas, un pedazo de grasienta milanesa al pan envuelta con papel gris. sus tesoros brillan más que su figura y disimulan, de algún modo, su indignidad.
viernes, junio 24, 2005
por la calle
lo veo caminar hacia la avenida. con una mirada extraña, avanza lento entre la gente que no puede dejar de husmear entre ofertas y chucherías. parece un tipo de pocas pulgas, podría ser un carnicero o un guardia de cárcel. es bastante alto y viste un saco de cuero marrón rústico, abierto a la altura del pecho, a pesar del día gélido. cuando nos cruzamos, veo la carita del gatito siamés marrón, asomado desde el forro, sostenido por su enorme mano.
jueves, junio 23, 2005
esa moda me incomoda
voy a disentir con la actual moda canina. no me gusta que le pongan a los perros las camisetas que, habitualmente, usan nuestros hombres. ya vimos chimpancés vestidos de gente en los setentas, en aquellos inolvidables posters de fondo colorido enmarcados sobre bastidores de madera pintados de negro mate. basta con las alusiones a nuestros machos. No quiero que esta degradante tendencia se instale en nuestra cultura occidental y cristiana. esta mañana vi a un perro con un buzo igual al de mi último novio. más allá del daño que me infligió recordarlo por veinte largos segundos, estuvo la impresión que me causó verlo en una posición humillante, haciendo en plena calle lo que preferimos hacer en privado. el parecido, era asombroso. la misma espalda, los mismos bracitos y la misma expresión de esfuerzo que él portaba en la vida. por momentos, tuve el impulso de empujar bruscamente a la acera a aquella vieja que lo tenía atado del cuello y esperaba, bolsita en mano, el fin de la deposición.
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