miércoles, noviembre 16, 2005

lástima

no le gustaba comerse las uñas. no le gustaba compartir la cama con animales. ahí estaba, en el medio de la noche, temblando en una cama ajena llena de pulgas. tenía deseos de saltar, tenía deseos de gritar pero el pánico la ganaba y apenas podía temblar. todas las dudas que albergaba a menudo, sobre su condición femenina, estaban en ese momento desapareciendo, como por arte de un mago chino vestido como para animar un cumpleaños, con una enorme caja laqueada y el rimbombante apelativo de “ fu manchú “. era un logro triste, pero un logro al fin. las alimañas se desplazaban por sus codos, por la parte blandita de los brazos, por sus largas manos, por los tobillos y en todos los puntos hacían un pequeño y sangriento orificio. se había quedado esa noche a cuidar el perro de su primo. el pobre tolo. solo porque él se lo había pedido con lágrimas en los ojos desde su cama en el sanatorio. no podía decir que no al pedido de un enfermo, un enfermo grave que posiblemente no tendría la chance de volver a correr al costado de su can. al entrar al departamento había sentido un aire nauseabundo proveniente de ningún lugar. a pesar de eso había ido hasta la terraza, había tomado al perro y lo había sacado a la calle. horas después, cuando el animal ya no le hacia fiestas se había encerrado en el único dormitorio, con planes de dormir. los primeros minutos la cama pareció amplia y las almohadas abundantes. a las dos de la mañana, cuando empezó a sentir la invasión, solo la acompañaba el fulgor de una virgencita fluorescente desde el borde de la cómoda.

sábado, noviembre 12, 2005

reloj que adelanta

no puedo evitar mi tendencia diurna. son las siete y media de la mañana, un sábado de sol y ya estoy en la calle. recién bañada, fresca, con ánimo de atravesar la ciudad caminando a paso entusiasta. a medida que me acerco a la parte antigua de la ciudad, me empiezo a cruzar con una suerte de cadáveres urbanos. cuerpos perfectamente plegados, en posición de cómoda siesta, desperdigados en las veredas de la ciudad. aquí hay hombres y también mujeres, parejas y grupos pequeños de amigos regados por el piso como si se tratara de la performance de algún coreógrafo pretencioso. pero no veo al creador de esta obra singular. quizás una botella de cerveza cercana, también acostada y en condición de descanso. las dependientas de los supermercados que pasan rumbo a sus trabajos, los serenos que vuelven a su hogar, los mozos de los bares que están baldeando la vereda, parecen ignorarlos. como si no existieran todos estos cuerpos, como si no estuvieran estos jóvenes durmientes recostados en la piedra. como si nadie los viera. como si estuvieran en su propia casa y nadie los quisiera despertar.

miércoles, noviembre 09, 2005

conectado

el tipo tiene 590 canales de tv en su casa. cada tarde, se instala en la barra del bar e intenta arrastrar a alguna mujer en aquella dirección. el planteo es directo, no ofrece sexo ni glamour. lo de el, son los 590 canales. en un ataque inesperado de honradez aclara : en casa no permito que fumen. entonces las candidatas, ojerosas de la noche, cuervos que no se desperezan en las primeras horas, rehusan la invitación. él insiste desde su rostro hinchado a fuerza de repetir la misma ingesta de harinas hasta el cansancio : son más de 590... no te da tiempo ni para pasarlos. ninguna adhiere. entonces él pide otro emperador de tomate y queso y queda ahi, tomando una coca diet, agazapado, con la paciencia de un viejo cazador de dorados junto al trampero.

viernes, noviembre 04, 2005

intruso

cuando se miró la mano, descubrió que el anillito de dos diamantes había desaparecido. como si el mismo dedo hubiera tenido el gesto de desvestirse subrepticiamente mientras dormía. ahora solo se veía una aburrida uña, apenas masticada, apenas limpia. una marca bastante mediocre que resaltaba mas ahora, sin anillo. fue entonces cuando los ojos pudieron ver un poco más allá y encontrarse con la ventana abierta, la cómoda con las tripas de la ropa salidas hacia fuera, la montaña de su ropa desperdigada por el piso y la puerta, que cerraba cada noche, absolutamente abierta. ahí se dio cuenta que una fría corriente de aire atravesaba su pequeño templo de la siesta. entonces abrió una bocota bien grande y gritó.

domingo, octubre 30, 2005

domingo 2 a.m.

abajo, aguardan las mortales encerradas en sus remeras con puntos brillantes, prisioneras del brushing, el colorete y los tacos de inspiración arábiga. en el escenario, están ellos. rubios sensacionales, con las costillas marcadas y los músculos trabajados, meneando las caderas de forma inaccesible. al ras del piso, arrastramos los pies al son de la orquesta, intentando ser graciosas, apuntamos los culos al cielo, en señal de aprobación y disponibilidad sexual. en las alturas, ellos ignoran cualquier insinuación y se conectan con su show. a veces, se rozan entre ellos en un juego que parece ir más allá de la coreografía. en las mazmorras ellas aúllan impacientes, anhelantes de un gesto divino proveniente del olimpo de los dioses, mientras se ajustan los sostenes para simular más volumen, en un postrero intento por cotizar. sobre las tablas ellos entonan, corean y giran con una gracia infinita, inmortal. como un largo gusano, se mueve la cola de mujeres por el borde del escenario, reproduciendo pese a los zapatos incómodos, los pasitos de sus ídolos vestidos de blanco y ajustados hasta reventar. una nube de histeria planea sobre el lugar cuando el líder se saca la camisa y la revolea por encima de sus cabezas. hipnotizada por las serpientes que lleva tatuadas en los bíceps, alguna de ellas deja de respirar y directamente cae al suelo. y ahí quedará, estampada en el piso de damero de casa de galicia, hasta la hora en que lleguen los empleados a baldear el fin de fiesta con una buena mezcla de agua y cloro.

martes, octubre 25, 2005

tasa de embarque

el tipo pesa más de ciento cincuenta quilos, a lo que hay que sumarle los 43 de la samsonite llena de chucherias y un saco de cuero de gran porte que lleva sobre los hombros. se desplaza con la agilidad de un viejo ferry en el medio del rio. su simple presencia, anula todo lo demás, tapa, oculta, bloquea el aire con pesadez. ella camina, como el principe consorte, unos pasos más atrás. es muy pequeña y esta vestida con ropa cara, de sus manos florecen bolsas de papel, producto de su inocultable adicción al shopping. lleva la cabeza levantada, levemente apuntando hacia la oreja del mastodonte y con un tono quedo recita un conflicto que tuvo con la tarjeta de credito, algo por la cual su marido ni se inmuta. ella reza su gran pena en solitario,bordandola con cientos de detalles tan insignificantes como su voz. representan, uno mirando a la espalda del otro, las brillantes consecuencias de un matrimonio bien avenido.