día 1. me duele la pierna. estoy rodeada de niños que se ríen con la película que se proyecta en la pantalla pero sólo veo un haz de luz reflejado. los niños están cerca pero no puedo verlos. de vez en cuando, estiro los dedos y trato de agarrar algo. entonces mis dedos se alargan mucho, son como hiedras que van invadiendo todo. en la película hay sangre, los niños no la ven pero yo puedo oler ese aroma característico de la sangre fresca. me gusta el perfume de la sangre. día 2. me duele la pierna. no llegó nadie. guardo los platos, los cubiertos y los vasos. trato de olvidar que me duele. suena el teléfono pero no me doy cuenta. estoy olvidándome de todo. borro cualquier detalle, como si fuera una película de gondry. esto es sistemático. limpio, barro y trapeo para que todo se olvide. día 3. me duele la pierna. me estás doliendo todo el día. pero hago como que no me importa nada. me lavo el pelo, lo cepillo, lo disfruto. busco la biografía de edith wharton, otra sobreviviente. son días en los que es fácil herir a otros. me desperezo. tengo el cuerpo y el alma acostumbrados. hago artesanías con el dolor. pequeños monumentos con el asco ajeno. con cada pequeño o sutil gesto de hastío, desprecio o indiferencia que puedan dedicarme. algunos monumentos son feos, pero otros podrían ir a una bienal y llamar la atención. para eso sirven las bienales, para llamar la atención. mis artesanías son un producto directo de labor-terapia, no deberían aspirar a convertirse en arte. es más, puedo mezclar materiales de varios y hacer mis artesanías sin nombre. ni me acuerdo de donde salió el dolor, todo se convierte en una herida única, anónima, sin valor.
lunes, enero 07, 2013
sábado, enero 05, 2013
la siesta extraordinaria
la pieza es angosta y tiene una puerta grande, tapizada en terciopelo azul marino para evitar que se cuele algo del interior. en la mesita que actúa como escritorio de recepción hay una lámpara de luz mortecina con filtro rojo de satén. el mucamo tiene unos pies esqueléticos con sandalias y un saco cruzado con cuatro botones, por debajo lleva el pantalón de un pijama de franela. en la pared empapelada, hay un marco pequeño con un fragmento de la tapa del diario "el día" del 7 de agosto de 1945 que tiene una foto de la bomba de hiroshima. en el patio contiguo nos invitan a descalzarnos y nos ponemos unas pantuflas de pelo de conejo. me toca un catre lejano al de mi compañero de excursión. una mujer, de rostro indefinido y unos sesenta años me tapa con una manta mora y me acerca a la pipa. comienza un sueño suave, silencioso y tibio. el adentro se olvida de a poco del afuera. no hay más luces en el corredor, no entra nadie más a la siesta extraordinaria. el cuerpo pierde todo el dolor y me adormezco entre caballitos blancos que nadan a un costado. por momentos, son seis saxofones del blue note, por momentos sombras de moby dick. alguien me enjabona los pies. tengo dos cabezas y no sé, al enfrentar el espejo, cual debe peinarse primero. dos motos chopper entran en la sala y circulan entre los catres. mi amigo se fue, en su lugar hay un auto-adhesivo de un parque marino en yucatán. alguien me enjuaga con una pequeña esponja de piel de oso.envejezco y abro las puertas de un ropero que tiene los zapatos de mis amantes muertos. busco un poco y encuentro el pijama azul bordado con amapolas. el papel tapiz también tiene siluetas de adormideras fileteadas en blanco y negro. ahora combino zapatos de diferentes talles, muertos con vivos, nacionales con extranjeros. el ropero tiene demasiados pares de zapatos. pienso en un campo de exterminio. por allí también pasó la bomba. tengo ganas de algo dulce. tengo ganas de vomitar. no puedo moverme. no puedo mirar.
miércoles, enero 02, 2013
little monster
en otra mesa, la del rincón junto a la ventana, están esos dos, manteniendo una conversación al final de la tarde. ella es más alta, tiene el rostro surcado por el cansancio, una blusa violeta y una pequeña libreta entre los dedos. él es más bien bajo, tiene más de sesenta, llegó después y trae un ipad que no puede dejar de consultar. apenas saluda se inicia una conversación que él interrumpe cuando salta hacia la barra a preguntar por la contraseña para conectarse a internet y pide un café. están haciendo un repaso de acciones que no logro escuchar gracias a la distancia y el ruido del lugar, que está lleno de turistas gringos provenientes de un crucero que comen paninos de jamón cocido y lechuga. los dos hablan en español y gesticulan un poco. él no puede dejar de mirar su artefacto, incluso interrumpe la conversación para charlar, a pesar del ruido, con alguien que está más allá. mientras tanto, ella se distrae en su libreta, mira hacia afuera con cierta resignación. la tarde transcurre bella en esa parte de la ciudad mientras él sonríe a la persona con la que está hablando pese a la distancia. por momentos levanta el aparato y lo acerca a la oreja, en un vano intento por enterarse de lo que le dicen desde el otro lado. su acompañante eventual, observa al resto del público del café con indisimulado pudor. él insiste en mantener la charla y hacer comentarios condescendientes a la distancia, inclina la cabeza en señal de aprobación que tal vez no pueda percibir su contraparte electrónica. cuando corta la comunicación, se dedica a llamar por móvil y conversar con extremada amabilidad con otra persona. mientras, continúan los despojos de la conversación con la mujer que lo escucha con paciencia. vuelve a poner su atención en la pantalla del ipad o en el teclado del celular mientras ella pierde la vista en el contexto. así transcurre la primera hora del encuentro que registro desde mi lugar. veo la cara de ella, aburrida, mientras revisa los detalles de la decoración que la circuandan. él habla a veces directamente, a veces con el teléfono en la mano, otras veces interrumpiendo la lectura de su pantalla portátil. cuando me levanto para irme, me acerco a la mesa con la excusa de colocar unos diarios en el librero cuando él le dispara : “él único que me habla bien de ti, es gonzalo “.
sábado, diciembre 22, 2012
enamorarse de un idiota
lo más sencillo que puedes hacer, cuando venga la primavera, es enamorarte de un idiota. no tendrás que caminar mucho para encontrarlo y él, seguramente sienta que le debes algún tipo de favor. el idiota no dejará de hablar de sí mismo en toda ocasión por lo que no tendrás que esforzarte mucho a la hora de conversar. puedes incluso, ir a la peluquería y volver con el pelo estirado y las uñas esculpidas y el idiota seguirá en el mismo tema, como si nunca hubieras salido de su campo visual. el idiota probablemente te compare con su madre a la hora de cocinar así que deja esa tarea para tu prospecto de suegrita. en general, un idiota se acompaña de padre y madre, pero también están los que tienen ex esposas, hijos y personal trainer. muchos idiotas tienen trabajo en sitios de alta visibilidad, por ejemplo, en la televisión. algunos idiotas tienen cierta percepción de su grado intelectual pero no se lo cuestionan demasiado. el idiota es el que no se da tiempo para reflexionar sobre su condición. saliendo con un idiota, tendrás algunos de sus comportamientos, adquiridos sin querer y casi sin darte cuenta. tus buenos amigos te lo harán notar entre ofendidos y risueños. deberán entender lo pasajero del amor y perdonarte. nunca lleves a tu idiota a una cena con amigos que hablen de política o economía. el idiota se meterá de lleno a opinar tu tendrás que soportar el bochorno. el idiota será capaz de opinar sobre ikebana, danza tailandesa, sushi de cerdo, lenguas romance, alfabeto maya y cirugía a corazón abierto. aunque sobreviva de la venta de auto-partes, el idiota siempre tendrá opinión calificada (por él) en cualquier asunto. hay otra serie de ventajas que tiene el idiota con respecto a otros hombres gracias a su exacerbada auto-estima. puedes acompañarlo a una marathon y perderlo sin que se de cuenta. lo que importa querida es que una vez que rompas con el idiota no pienses que has dejado una mina de oro. nadie te culpará de enamorarte de un idiota pero en algún momento, tarde o temprano, será bueno que te espabiles.
sábado, diciembre 15, 2012
camino a manta
somos unos ochenta hamsters en una cabina de clase turista, con asientos que no se reclinan. nos despiertan cuando quieren, sólo con prendernos la luz, como a los pollos. traen bebidas dulces y unas cosas secas, crujientes y muy saladas. ignoro si se trata de una dieta para evitar la trombosis por permanecer tantas horas en la misma posición o una forma encubierta de exterminio para consumistas. la sumisión en el mundo de la aeronáutica comercial es algo básico. algunos pagan más (mucho más) para ser menos sometidos pero se trata apenas de un intento. cuando nos despiertan, veo a lo lejos la cabeza de pablo y la pelada de pedro. la primera, con sombrerito. viajan a bogotá. no tengo esperanza que las cosas mejoren en el transcurso de las horas. nos dieron siete galletas grasosas con un queso de origen no animal. no hay turbulencia pero igual, nos hacen dormir atados. sospecho que este equipo paso por algún hospital psiquiátrico antes de brindar servicios en la compañía aérea. no debería llamarse compañía, es más bien una imposición. todos esos comandantes, azafatos y asistentes de vuelo no son más que una troupe de carceleros encubierta. todo es de riguroso plástico. la patria o el desayuno sin café. todos a rigurosos 22°C, es decir, frescos.
domingo, noviembre 18, 2012
democracia circular
lo mismo de siempre. buscar un hombre trémulo, desgarbado, deprimido o conflictuado. seleccionarlo entre miles que circulan por la ciudad. darle comida, cobijo, discos, abrazos y sexo. hacer chocolate caliente, cocinar pasta y escuchar sus historias. dormir abrazada de ese espectro por varios meses, volver a escuchar sus dolores. ir por una torta gallega y un brazo de gitano. si es necesario, buscar un gato para que lo mire todo el día con franca admiración. elegir una buena rumba para que despierte con el sonido del guitarrón y goce de caricias interminables. darle la habitación más luminosa para que pase ahí todo el día, dedicado a leer, escuchar música o llorar. hacerle una y otra vez masajes. besarle algunas veces los pies. mantenerlo por varios años hasta que logre abandonar la ropa oscura y gane peso. pronunciar su nombre con dulzura. apretarlo por la calle alguna noche, como si fuera un amante desconocido. tal vez un día, a la luz del ejercicio y la comida el hombre al fin empiece a andar ergido, a prender un cigarro con gesto seductor, a mandarse una risotada del fondo mismo de la panza. en ese momento, estará listo para irse a los brazos de una tonta insegura, deprimida o controladora que tenga un limón en el fondo del refrigerador y le de al fin, todo lo que necesita para ser feliz.
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