jueves, mayo 19, 2005

estación propia

después de vivir durante años en una casona patricia, rodeada de cuadros de pintores célebres, tapicería gruesa y plantas exóticas. después de poseer varios pisos con habitaciones listas para la llegada de huéspedes inesperados. después de tener estantes cargados de bellas piezas de cerámica amerindia y talavera. después de recibir decenas de amigos en fiestas ruidosas, regadas por el más exquisito vino y servidas con las delicias gastronómicas más sofisticadas. sara decidió retirarse. vendió todo y se compró un terreno raro, triangular como su propia vida. ahí montó un vagón de un tren de carga y se alistó para que la llevara a su último destino. es en ese inesperado rincón de la ciudad donde se escuchan los gritos de los estibadores del puerto, deambulan los espectros de lautremont y gardel. ahí donde roberto de las carreras azota aún las camas de viudas y casadas. en un exótico volumen de madera dura, bajado de la desidia de las vías de la productividad, recubierto de puntillas y carpetas de macramé como si fuera el gato siamés de porcelana de una tía solterona. en ese lugar mora esa mujer de mirada cansada como un siglo que usa una falda larga que la cubre en toda su flacura, de donde siempre emergen, dos ruidosos perros salchicha.

miércoles, mayo 18, 2005

acle

cuando cumplí veinte años mi madre encontró un cuaderno escolar en el que había desarrollado una especie de desideratum. lo que esperaba de mi vida. las cosas que valoraba y las que nunca tendrían importancia. las cosas que amaba y las que odiaba. que intransigente era a los siete. estaba en segundo año y ya detestaba la escuela, las maestras y el sistema de enseñanza en general. a esta altura consideraba la educación formal una suerte de calvario y el matrimonio, un verdadero infierno. en la lista de mis deseos incluía una definitiva vocación para evitar la maternidad de la manera que fuera necesaria porque consideraba que, si tener un marido era una pesadilla, parir hijos sería un auténtico castigo. a los veinte, en etapa universitaria, me reí mucho leyendo el cuaderno de mis deseos. si bien había sido bastante coherente desde aquella fecha estaba claro que había perdido esa furia infantil, esa intensidad en mis ideas, esas pocas ganas de transar con el resto del universo. nunca supe quien había inspirado mis escritos, ni siquiera pude saber que situaciones me habían llevado a ser tan radical. fui una niña bastante tranquila, adaptada, amistosa y amable. tuve amigos, kioscos en la esquina para vender mis viejos cómics, buenos libros y trato respetuoso por parte de los adultos. también tuve psicólogo a los cuatro, lo que era un motivo de orgullo particular. mis padres me trataron muy bien, a pesar que alguna vez les increpé con rabia que nunca me habían pegado como lo hacían los padres de mis compañeros de clase y vecinos. hoy tengo la teoría que en aquellos tiempos aspiraba a ser una especie de san agustín o una santa clara de asis. creo que pretendía un cierto grado de santidad. me gustaban las historias de mártires, me gustaban los cuadros de cristos sufrientes del greco, santa rosa de lima y san sebastián. más de una vez fantasee con la muerte y escribí mis últimas palabras, como aquella vez que me clavé una espina en la planta del pie y deduje una muerte segura por tétanos en las horas siguientes. soñaba con convertirme en un mito. en mis construcciones nunca consideré la muerte por amor no correspondido, prefería ser víctima del destino, de la naturaleza, de la impericia científica, de la estupidez en general. de las malas artes del magisterio. mi principal causa de sufrimiento era la mediocridad. era una especie de obsesión solitaria que me enfrentaba a un mundo demasiado parecido a sí mismo, demasiado regular, demasiado rutinario. tal vez por eso mi padre empezó tempranamente a alimentar mi gusto por la ropa estrafalaria y los accesorios vistosos. me hacía regalos de colores brillantes, en general comprados en una tienda sofisticada de señoras mayores. usé reloj de plástico, rayado y con números gigantes muchísimos años antes que swatch hiciera su irrupción en el mercado. me jactaba por no estar nunca vestida a la moda. mis camisas eran confecciones caseras pintadas a mano con chistes visuales y mis buzos eran un auténtico desafío cromático. mis vaqueros tenían montones de etiquetas cosidas en la parte exterior, de marcas de cualquier otra prenda de vestir. solo las viejas se atrevían a usar aquellas combinaciones, las viejas ricas, por supuesto. esas mismas que sigo hasta el día de hoy por la calle, solamente para aprender como combinan un tapado amarillo con una pollera a cuadros fucsia, verde y naranja.

martes, mayo 17, 2005

ensueño y champú

por fin salió el sol. un buen motivo para entrar, como distraída a una peluquería en el medio del fango de la nueva peatonal en la calle sarandí. hay un empleado nuevo, un joven de aire resuelto con una camiseta negra ajustada. mientras me zambulle el pelo en el agua tibia me doy cuenta que es una especie de john malcovich pero joven y con pelo. está entusiasmado por mi presencia, creo que no entró nadie en toda la tarde y al fin encontró una víctima. me lava con tanto vigor que por momentos tengo la imagen que mi cerebelo volará encima del aparato de aire acondicionado. después cierro los ojos y me olvido de todo. ¿ te tiro mucho pregunta ? y yo, que quiero convertirme en una mártir pelada como santa juana de lima le digo que no, con mi mejor sonrisa. me da pena coartar ese ímpetu juvenil, al fin y al cabo, pelo más, pelo menos, no me afecta. malcovich arremete con el champú, el agua tibia en gigantescos chorros, me aprieta el pelo como si fuera un trapo de limpiar el piso de un convento. es asombrosamente efectivo a pesar de su aceleración y su aparente brutalidad. otra vez cierro los ojos y estoy en una caverna, con mi marido que no ha cazado ningún terodáctilo en dos semanas y se las agarra conmigo y me arrastra por la estancia solo para saber como sueno. cierro otra vez los ojos y sueño en una peluquería de muebles blancos y espejos grandes, tibia y acogedora donde un malcovich me lavará la cabeza.

lunes, mayo 16, 2005

vuelo interno

será un vuelo corto, de unos cuarenta minutos. si volas un rato más te salis del mapa. asi es el país de pequeño. el avioncito también es pequeño. como buena paranoica estoy pensando que es un cessna, los que siempre se escrachan en los informativos de las siete. a veces contra un tejado, a veces contra un arbusto del kremlin. espero que este artefacto sea de otra marca. entendí que no habrá azafata ni tragos, ni caramelos siquiera. solamente unas quince personas rezando para no salir en las noticias. estoy con la mirada perdida en la pista y llega un patrullero. baja un policía con un tipo esposado. un preso. pienso en snipes en la película...no sé como se llamaba, bueno, era un avión con presos y él se escapa porque es lindo y negro y el protagonista. y es bueno y lo acusaron de un crimen que no cometió. bah, volviendo a este caso, el esposado es un tipo elegantón de unos cuarenta y cinco años. se trata amablemente con el policía, parece distendido y cordial. el policía es joven y parece excitado por su misión. también parece levemente tonto. lleva un bolsito azul, bien de policía. lo ayuda al preso a prender un cigarro. es toda una maniobra. los pasajeros que estamos esperando quedamos expectantes de ellos, pero disimulando un poco que no podemos dejar de mirarlos. al final, nos anuncian el embarque y nos subimos, con el reo, seremos solo seis pasajeros. a el lo suben después que nosotros. mientras se instala me acuerdo que tengo esposas de plástico, de las que usan a bordo. cierro los ojos y sueño con el preso. esta vestido de rallado, como corresponde y tiene gorrito. está atado con mis espositas descartables al asiento del avión y yo le estoy leyendo un cuento infantil, sentada en la falda con el uniforme de azafata de air france.

domingo, mayo 15, 2005

¿ interrumpo algo ?

manoteo la puerta de atrás del taxi que esta estacionado primero en la cola. en montevideo, una mampara de fibra separa el asiento del conductor del asiento para pasajeros. ¿ está libre ? creo que alguien me dice que si pero en la oscuridad no distingo si esta la bandera de libre encendida. desde los pantalones del conductor emerge una cabeza con rulos, es de la cuida coches que siempre anda borracha o de pasta por la calle. enseguida, va mi vida me dice mientras le cierra la bragueta al cliente. todo bien, respondo y me quedo cómodamente sentada y resguardada de la llovizna. el tipo me mira por el retrovisor espantado ante tanta sangre fría femenina junta. enciende el motor, su acompañante se baja con una botella en la mano y nos despide. después arrancamos rumbo a mi casa.

sábado, mayo 14, 2005

retrato

empujó la puerta de la galería con cierto recelo. era muy temprano, tal vez en una o dos horas la exposición se llenaría de gente. después de un recodo se encontró con su retrato. era demasiado grande, le dio vergüenza estar ahí, mirándose a si misma amplificada y con la piel de gallina. el estudio era amplio y la tarde demasiado fría. la cámara había registrado la piel erizada. la complicidad con el fotógrafo también había quedado estampada en el papel talbot. era claro que habían jugado, que habían probado todo el piso del estudio hasta lograr que aquella hermosa pelota roja de uso didáctico le quedara atrapada en el cuerpo de forma de elevarla. había una semi sonrisa en el rostro, un pequeño pliegue en el labio, que denunciaba la inminente carcajada. todos los pelos habían volado hacia un sitio perfecto y caían con gracia reafirmando el movimiento. sus pies, que nunca le parecían lo suficientemente chicos estaban dispuestos en dos exquisitas puntas desde donde brillaba levemente el esmalte de las uñas. sintió agradecimiento para quien había recuperado su mejor perfil. en ese instante escuchó la voz del fotógrafo, que se acercaba por el corredor principal con alguien más. se escabulló tras un biombo que estaban armando los mozos, con las copas de vino. de paso, se tomó un trago rápidamente. antes de irse, escucho el comentario de los hombres frente a su retrato ¿ te la cogiste ?por supuesto.