martes, septiembre 27, 2011

café dei illuminati

“ mi primer viaje a japón”... - espetó, apenas todos estuvieron sentados. después inspiró una mezcla de oxígeno y orgullo y siguió con su brillante soliloquio. la audiencia se conformaba por jóvenes funcionarios como él, que todavía necesitaban aprender sus técnicas para gestionar pasantías, becas y viajes de intercambio gracias a su trabajo académico. por el momento, se limitaban en venir a conquistar la provincia con sus saberes y en lo posible, sacar a los locales de la oscuridad cultural. una proba labor que acataban sin descontar una buena dosis de cinismo, que expresaban cuando estaban lejos del alcance de sus alumnos. una vez por semana, almorzaban en el café y conversaban de sus excitantes carreras. en la mesa había una suerte de pirámide y él, estaba sentado en la punta. por debajo, se distribuían las chicas, otro profesor más joven y menos avezado en el arte del auto-bombo y algún otro eventual invitado a departir. La charla tenía un volumen alto, de forma que el resto de las personas instaladas en el café pudieran enterarse que color se usaba en la capital. ellas representaban la nueva moda de la izquierda intelectual, habían abandonado las carteras artesanales en bandolera y las faldas hindúes a florcitas. no usaban prácticamente rulos, sino cortes más afrancesados, camisas al cuerpo, faldas con estampados “a la gucci” y el infaltable saquito corto. ellos habían logrado la evolución gracias a ponerse buzos de colores y usar anteojos con armazón rectangular, algo que los hacía sentir muy sofisticados. en el tercer viaje a Japón los comensales empezaron a perder los modales, dejaron de hacer preguntas, dialogaron entre sí, alguno se levantó para ir al baño y otro pidió la cuenta. a esa altura, la proeza no le quitaba el sueño a nadie.

jueves, agosto 18, 2011

10 dias sin besar

al principio fue una ampollita que estaba encima del labio y molestaba. entonces se la rascó y pareció romperse. esperó unos días y la ampollita se convirtió en una mancha roja de forma triangular. discreta pero con cascarita. buscó y se enteró que su sospecha estaba a punto de confirmarse: herpes simple. una diminuta porquería contagiosa de esas que no se pueden sacar, ni maquillar, ni curar con velocidad. esa misma tarde, después que durmió la siesta, la peste se habia extendido al borde del labio inferior. la muy infeliz, se duplicaba. por un momento temió que la invasión de la mancha la terminara tapando, pero no había marcas en otras partes del cuerpo. no importaba, lo de la boca, era imperdonable. empezó a pensar cual podría ser el origen de la peste,quizás había estado nerviosa en los últimos días, tal vez le habían bajado las defensas. creyó que nunca se agarraría esa peste, que era la que se agarraban los blandos o los que se inmuno-deprimen. después recordó en un encuentro reciente, con un casi desconocido y la frase de aquella amiga, que le dijo : “ esto me lo hizo un sucio “, con respecto a un mal contagioso de por vida. cuanto más lo odiaba, la marca se extendía más. pero las cosas no terminaron tan mal, alguien le pasó el nombre de una medicación super poderosa, carísima, que en menos de 48 horas le borró cualquier muestra ingrata. cuando volvió a registrarse la cara y todo estaba limpio, pensó de que manera podía agradecer semejante milagro. tal vez contratar una batería de murga para que honrara a la divinidad de la piel, quizás llevar un mazo de ruda a la estatua de santa rita para asegurarse una sagrada distancia a aquel infeliz.

sábado, julio 30, 2011

la lista de los viudos

había empezado a crear una lista de viudos apetitosos contraviniendo los clásicos consejos de amigas que indican siempre que competir con un amor que se encuentra en el más allá es realmente imposible. a veces era conveniente ir contra los consejos de los demás y establecer un camino propio de errores para recorrer con fruición. siempre existía un porcentaje de hombres que, más allá de ser viudos, estuvieran interesados en volver a empezar. todo le parecía absurdo y por eso invertía algunas horas al día revisando avisos fúnebres, convocatorios para misas recordatorias y otras fuentes de información fidedignas sobre hombres abandonados por sus mujeres por “causas naturales” y de las otras. según entendía los viudos eran hombres con una experiencia en comprometerse, con un pasado y seguramente un presente más bien estable, partidarios de una vida sencilla y familiar. el paraíso para cualquier guerrera agotada de transitar en los brazos del destino incierto. una base en la que recalar para descansar los huesos después de tantas frustraciones en la batalla continúa del amor. un remanso merecido al fin. un rincón en el que refugiarse de las penas y el vértigo. una nueva manera de vivir sin sobresaltos. quizás, el sitio secreto en el que encontrar la plenitud tan buscada. cerró los ojos y encontró una imagen nueva en su cerebro: estrellitas brillantes sobre un fondo azul, como de terciopelo. algo parecido a un diseño de dudoso gusto pintado en el túnel de un parque de atracciones. sintió el olor dulzor del azúcar inflado y tuvo un breve espacio para una nausea. al despertar de este breve y fundamental viaje reparó en los cincuenta nombres que tenia registrados con datos abundantes en una planilla de cálculo en las que se incluían columnas sobre cantidad de hijos, profesión, amantes conocidas, religión, costumbres gastronómicas y lugares habituales de recreación, se dio cuanta que aquella lista era realmente valiosa y que podría emprender un negocio de citas para otras mujeres que pudieran estar verdaderamente desesperadas. buscó en su teléfono el número de un hombre que, por su carácter de “pasajero”, resultaba toda una garantía.

domingo, julio 17, 2011

escuchando a la falsa

en la mesa junto a la balanza estaban ella y su vulgar imitadora, la falsa suicida. el límite parecía difuso cuando conversaban intercambiándo sensaciones de ahogo, despedidas, rupturas y confusiones. cada tanto, alguna aclaraba no haber actuado por amor. ni por desamor. ni por despecho. no había razón aparente que justificara esa pulsión de cortarse las venas, tirarse de cabeza del balcón para abajo o dormirse en un colchón de ochenta pastillas de rohypnol.

osos de la noche

había dejado el block de notas en su casa. mientras caminaba, se lo recriminaba en silencio. la noche estaba húmeda, la calle semi-vacía y el tránsito de unos pocos autos daba una sensación mortecina, como la luz de un par de farolitos que bajaban hasta la plaza. era el espectáculo vulgar del mes de julio, del invierno, el tedio de la mitad del año. días en los que las cosas pasaban simplemente, sin demasiada provocación. se había propuesto mantener la calma, como ésta tuviera algún valor o pudiera gratificarla ante una situación desgraciada. cruzó la calle y se enfrentó a la luz, a la percepción de una silueta conocida, a una sonrisa y una conversación. del otro lado, las cosas cambiaban radicalmente. no quiso pensar demasiado. se dejó llevar por el azar, que se imponía de vez en cuando. se había acostumbrado al silencio y a veces celebraba la libertad de no esperar, no desear, no emprender la búsqueda de aquel cuerpo. a veces se proponía no pensarlo y durante mucho tiempo, lo lograba. borraba los números, los nombres, las señales. ocultaba cualquier gesto de interés, aplastaba la expectativa bajo un manto finito de un olvido casi transparente. lo imaginaba preso, lejano, desconocido. pero había una memoria grabada en la piel y ante la simple presencia del otro, en vivo o representado, se ponía en funcionamiento. ese hilo delicado se transformaba en una tanza capaz de atar dos tiburones de trecientos kilos cada uno. existía una emoción, que disimulaban amablemente en su cotidiano y los asaltaba cuando se cruzaban. cuando se separaron, guardaban el olor del otro. caminaron en sentido contrario, quizás para no volver a verse por mucho tiempo. cada uno, con su carga prestada. no había trofeo, ni marcas que denunciaran esa unión circunstancial. algunas palabras, iban quedándo grabadas en la memoria de cada uno, ideas, recuerdos, sonrisas. un tacto suave, el sudor divino, una sensación tibia que los alejaba a la muerte.

sábado, febrero 05, 2011

los aburridos

allí estaba la mesa con el jurado, con una serie de personas con rostros insignificantes, expresiones cansadas, nada de que decir. ni uno había tenido la audacia de vestirse con algún elemento original, todos estaban aplanados, con los colores hermosamente entonados en marrón. cuando entró sientió el aire viciado, por lo que se acercó a la ventana y probó destrabar el pasador. ninguno hizo comentarios, ni siquiera la registraron. caminó hasta el carrito y acercó la jarra con agua fresca al extremo de la mesa. después fue colocándo uno a uno, los vasos junto a sus fantasmagóricos dueños. ellos, fingieron estar concentrados en su eximia tarea por lo que no le agradecieron. se retiró de la sala y pidió al guardia que la ayudara con la ventana. entraron otra vez y allí estaba aquel grupo de intrigantes, cuchicheando por lo bajo, con aire de desconfianza. el guardia destrabó finalmente el gancho y el aire nuevo entró a borbotones, moviendo los papeles que agonizaban en las pilas sobre la mesa. algunos se cayeron, otros rodaron por encima de las cabezas del jurado, ignorándolos por completo. un expediente se clavó en la jarra del agua, humedeciéndose de inmediato. era el acta, con los medidos comentarios de aquel grupo humano. la tinta se corrió y la presidenta intentó un rescate superponiendo otro papel seco encima. el del extremo, que vestía saquito beige, intentó cerrar la ventana y frenar la correntada, pero no pudo. la profesora lo miró con aire réprobo, entonces se sentó. el ambiente estaba tan tenso, que no se necesitaba un cuchillo para cortarlo, apenas un rasguño con la uña podría precipitar todo hacia el caos. entonces llegaron los bizcochos, en un plato blanco, llenos de grasa y cubiertos de abundante azúcar. todos se sambuyeron y en un instante, el alivio llegó. con los dedos pegoteados, pudieron terminar felizmente su tarea.