aquella noche, el jardín había recibido más visitas que nunca. los cuerpos giraban exhaustos por el inmenso césped. de a ratos se oían las carcajadas de las parejas que correteaban desnudas por la glorieta, saltaban a la fuente y se tiraban abrazados sobre los canteros cultivados con calydoreas. los perros estaban en el canil desde mediodía con la panza llena, para no interferir con sus ladridos en la noche estrellada. la dueña de casa había desaparecido temprano en la limusina de unos amigos, tal vez rumbo a la playa a fumar opio. el mayordomo, dormía plácidamente gracias a un somnífero. en la cocina, las mucamas de guardia miraban la repetición de su telenovela en el cable, con auriculares puestos. la orquesta, tocaba en el balcón blanco un himno polaco y el director, borracho como una cuba, apenas lograba mantener el equilibrio. los músicos seguían como hipnotizados unas partituras interminables sin aflojarse el nudo del moño. en un sofá, dormitaba la madre mientras su joven amante surfista le lamía los dedos de los pies. por todos lados había copas de cristal de todo tamaño y contenido, bandejas con restos de petit fours saladas y dulces, chaquetas de terciopelo, mitones, sandalias y escarpines. dos mellizos adolescentes de piel blancuzca, perfectamente vestidos de negro hablaban de nietzsche abrazados en un rincón. en la biblioteca, bajo una abundante cortina color oro se divisan mi torso, mi bolso, mi pelo y tus lentes.
sábado, septiembre 08, 2012
domingo, junio 24, 2012
en el otro mundo
la tarde anterior, había revoloteado en la colección de orquídeas. esas flores llenas de misterio que parecían estar siempre dispuestas a sorprender sin avisar demasiado. frágiles y al mismo tiempo fuertes, extrañas y extranjeras, colgaban de las ramas del jardín y se ocultaban en pedazos de corteza que su dueño había seleccionado. “ todas son robadas” pensó. tal vez por eso, el jardín tuviera tanta alegría. una pequeña celebración de lo prohibido.
interrumpían el sueño a las cinco, para hacerse caricias con la mano, con la voz, con la punta de la lengua.después se envolvían otra vez en sus cuerpos de cáscara de naranja y continuaban ronroneando hasta perderse nuevamente en el silencio.
cuando entró, sintió que algo le oprimía el pecho. no era una emoción singular, sino una sensación producto del ambiente. había entrado a una suerte de templo franciscano, de esos que no han sido, durante siglos, trasvasados por el aroma de una mujer. los muebles, los colores, las personas, los ángulos, habían sido distribuidos en función de un único objetivo: imponer respeto, tal vez inspirar miedo. adusto, austero, serio, severo. casi una celda de castigo. repasó con la memoria el refectorio que había visitado recientemente, en el área de la vivienda sacerdotal donde pueden acceder las mujeres. era un ambiente respirable, comparado con este claustro cívico. quiso escapar, pero la entretuvo la amable charla de su anfitrión.
dos gotas no se parecían más que ellos. las gotas, son todas diferentes. con mucha voluntad, probaron trazar puentes, en un intento de creerse parecidos. como si esto pudiera salvarlos de una posible debacle nuclear.
cuando se fue, no tenía una idea cabal de lo que sentía. se dejó envolver por el aliento de una duda mayor. regresó al gineceo, a las tostadas con mermelada, a las superficies blandas, al calor.
al día siguiente, reconoció que había tenido ganas de abrazarse a la secuoya, la única mujer con la que se cruzó, en un rapto de soledad. un pequeño pudor se lo impidió.
interrumpían el sueño a las cinco, para hacerse caricias con la mano, con la voz, con la punta de la lengua.después se envolvían otra vez en sus cuerpos de cáscara de naranja y continuaban ronroneando hasta perderse nuevamente en el silencio.
cuando entró, sintió que algo le oprimía el pecho. no era una emoción singular, sino una sensación producto del ambiente. había entrado a una suerte de templo franciscano, de esos que no han sido, durante siglos, trasvasados por el aroma de una mujer. los muebles, los colores, las personas, los ángulos, habían sido distribuidos en función de un único objetivo: imponer respeto, tal vez inspirar miedo. adusto, austero, serio, severo. casi una celda de castigo. repasó con la memoria el refectorio que había visitado recientemente, en el área de la vivienda sacerdotal donde pueden acceder las mujeres. era un ambiente respirable, comparado con este claustro cívico. quiso escapar, pero la entretuvo la amable charla de su anfitrión.
dos gotas no se parecían más que ellos. las gotas, son todas diferentes. con mucha voluntad, probaron trazar puentes, en un intento de creerse parecidos. como si esto pudiera salvarlos de una posible debacle nuclear.
cuando se fue, no tenía una idea cabal de lo que sentía. se dejó envolver por el aliento de una duda mayor. regresó al gineceo, a las tostadas con mermelada, a las superficies blandas, al calor.
al día siguiente, reconoció que había tenido ganas de abrazarse a la secuoya, la única mujer con la que se cruzó, en un rapto de soledad. un pequeño pudor se lo impidió.
lunes, mayo 21, 2012
mujer
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domingo, mayo 13, 2012
la hoguera de las vanidades
algunas cartas estaban apareciendo bajo montones de papeles. cartas con confesiones, cartas con cuentas, cartas que pedían cosas absurdas, por carta. era muy difícil clasificar aquellos papeles entre insignificantes y necesarios. la mayoría, quedaba en un limbo con un cartel “después resuelvo”. en todos aquellos papeles, debía estar aquel inspirado verso que le había mandado el personaje mítico una noche en un bar, intentando que con ese simple trozo de papel bastara para que lo siguiera hasta la cama de su hotel. en esos tiempos, no era suficientemente rocker llevarse a una mujer con una propuesta en servilleta, si bien ese sistema ya habría funcionado con alguna otra parroquiana de este lado del río, de las que poblaban los candombailes de los ochenta. pero nunca había estado en un candombaile y ni siquiera había mirado al autor de la nota que esperaba acodado en la barra, precedido por su fama musical. era un momento, muy extraño en el que tenía que tomar decisiones drásticas. eliminar las huellas de los últimos treinta años y tal vez, empezar de cero. en sus papeles, estaban las promesas. muchísimas promesas que se había hecho a si misma, que le habían hecho, que había construido con otros ilusos, con otros ingenuos, con vaya a saber cuánta gente. todo lo que era y también todo lo que no había podido ser, estaba en esos papeles. tirar todo eso a la basura, podría ser muy bueno para no tener que pensar más. clasificar, era una suerte de tortura. pensaba en aquellos estudiantes que se la tiraban a biógrafos, aquel periodista sin brillo que se lanzaría a escribir un libro para salir del ostracismo y en todos los que podrían disfrutar de ese archivo lleno de poemas de otros, de originales inéditos, de libros de otros, de guiones sin filmar, de dibujos dedicados y otras tantas cosas. por un lado, le gustaba la idea de dejar todo ordenado, especialmente organizado para que algún día alguien lo leyera. pero esa idea de controlarlo todo, le pareció indecente. cualquier organización sería una forma de editar la historia y no estaba de ánimo para generar esa intervención. tiraría todo al fuego, un invierno alcanzaría para borrar esa historia y empezar rápidamente, a escribir otra.
martes, abril 03, 2012
de a dos
nos detuvimos un segundo, para emparejar el paso. en el tango, lo que importa es entenderse. no existe la figura independiente, ni el apuro por llegar, cuando la música se queda en el umbral, esperando que el abrazo no termine nunca.
miércoles, noviembre 16, 2011
encuentro sorpresa
metió la nariz y sintió su olor. aquel buzo de lana encima del cuerpo desnudo en plena primavera le trajo un vestigio de aquel amor impracticable. el buzo, que había vegetado con solemnidad, olvidado en el armario todo el invierno, nunca había tenido contacto con él. sin embargo, al pasar el cuello de tortuga por su nariz, su olor le volvió al cuerpo. la seña más difícil de borrar de la memoria había quedado adherida, como la hoja de un herbario. por un minuto, se sintió hermosa. fuerte. alegre. le había robado algo sin querer, una cosa que él no usaría, ni siquiera con otra. un breve fragmento, casi imperceptible, de su olor. el olor resultaba un fetiche intangible para llevar a cualquier parte. era suave, no remitía a un macho cabrío. era un olor dulce, bastante singular. tal vez el olor de un hombre que prefiere el azúcar a la grasa saturada. no tenía el olor de otros, de animal herido, de cabra macho en celo, de bebé. al tenerlo otra vez ahí pudo compararlo con otros recuerdos de nariz que también habían sido agradables. por un momento tuvo ganas de masturbarse pero descartó la idea por fútil. ya no quedaba nada, sólo el olor y la satisfacción de haberlo sustraído sin permiso. del resto, no quedaba nada. ni una ilusión, ni una fantasía. ningún objeto o marca digna de adorar, ningún cuerpo para abrazar a la hora de la siesta. cerró los ojos y durmió hasta que llegó la hora de ir al banco. cuando caminó por la calle aquel encuentro formaba parte del olvido. a las dos de la tarde la avenida estaba en plena ebullición. se cruzó con un hombre joven que intentaba vender un perfume ordinario a una señora sesentona con cara de pocos amigos. el simulacro de seducción le pareció patético. debería estar prohibido-pensó- nadie debería usar el cuerpo para convencer de una compra a otra persona. se dio cuenta que si fuera así, caería una industria completa, tal vez toda la nación colapsaría y con ella, el mundo mundial. vio los espectros de los antiguos publicistas desplazándose cual zombies por la ciudad, después de la implementación estricta de su medida de ética absoluta. sonrió ante la posibilidad. después, entró al banco. cobró una buena suma pero no podía disponer de casi nada. de todos modos, quiso sentirse rica, entró en el quiosco de baratijas y se compró seis broches para el pelo. cuatro con flores y pinzas para hacerse unos moños pequeños, dos más grandes para armar peinados con más pelo. con aquel paquete excesivo de pertenencias salió otra vez, a conquistar el mundo.
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