Favorito de las masas

enamorarse de un idiota

lo más sencillo que puedes hacer, cuando venga la primavera, es enamorarte de un idiota. no tendrás que caminar mucho para encontrarlo y él...

martes, mayo 10, 2005

sala siete

le habían advertido, las enfermeras del asilo, que el viejo vasagoda estaba en sus últimos días. que tenia una afección cardiaca y que era mejor no contradecirlo, para no llevarlo más rápido a la tumba de lo que preveía tata dios. por esa razón, por esa única razón y su irreprochable ética, era que soportaba todas las tardes los cuentos llenos de exageraciones y dislates del viejo de la cama de al lado. cuando el fabulador arrancaba, nadie podría imaginarse a donde llegaría. una simple historia a orillas de un afluente del olimar podría transportarlo a groenlandia, en el medio de una nevada y con el trineo de madera roto. el siempre había estado allí y en el peor de los casos, su sobrino enzo, que era un dechado de virtudes. para el otro, que había fundado una escuela moderna siguiendo las revolucionarias ideas varelianas, que siempre había estado al margen de cualquier falsedad, mentira o engaño, el soportar a su colega de cuarto se convertía en una odisea. algunas veces lograba meter un pequeño bocadillo en la charla, eran momentos gloriosos en los que el fabulador perdía el aire y recurría al vasito de agua en la mesita de luz. ahí se podía escuchar el comentario, siempre lógico y atinado, del maestro suárez. cuando el fabulador empezaba una historia de cría de pollos y los animales se transformaban en una banda de cóndores justicieros, el maestro recordaba su palabra empeñada a las enfermeras y sonreía. a veces los relatos rondaban la indecencia porque la línea se perdía entre tantos disparates y el narrador se detenía en el medio del camino y desafiaba a su oyente a recomponer los últimos tramos, aquellos imposibles prácticamente de reproducir por falsos. entonces suárez hacía un esfuerzo increíble por conectar todos aquellos cables sueltos, para lograr un discurso más o menos coherente. vasagoda complicaba otra vez más la historia y enredaba otra vez a su escucha para que razonara con él. una enfermera le había dicho que su vecino de cama tenía los días contados y para luchar contra la demencia senil debía ejercitarse reconstruyendo complejos relatos.