todos hablan de la depresión post parto pero pocos hablan de la depresión de la novia. si, las recién casadas también se deprimen. fue el caso de irina, que apenas regresó de la luna de miel hizo toda clase de intentos con láudano para pasar a la otra vida. su esposo, que había sido advertido por un tío griego de mejillas rosadas, hombre de múltiples experiencias en la vida, había mezclado vinagre con un poco de tinto ardido para engañarla. irina no estaba muy informada sobre los efectos del láudano y sentía mareos fuertes cada vez que se mandaba un vaso con el supuesto veneno. pero la muerte no llegaba y el marido seguía engañándola con una mezcla inocente de cocina. irina sentía culpa y al mismo tiempo ganas de huir de esta vida cruel lo antes posible. apenas podía ver el rostro sonriente de su marido cuando acababa la faena matrimonial de cada noche, algo que él consideraba un honor y ella, un castigo. no soportaba el aliento de su marido. era algo imprevisto en un casamiento arreglado. no había manera de protestar. ningún futuro suegro se ocupaba en averiguar si su futuro yerno tenia en la boca un olor que podría hacer el trabajo de un soplete en la mesa de un hojalatero o el accionar de una langosta en un campo recién florecido de sorgo. ninguno se interesaba en conocer el estado de los calzones del futuro marido, si tenía hemorroides o no, si portaba granos en el culo o sífilis. ninguno le revisaba la dentadura, como si lo hacían con la novia. esa misma novia que en las tardes, cuando venían los parientes para comerse las sobras del banquete de bodas y especulaban sobre el posible e inmediato embarazo de la recién casada y el posible nombre del primogénito, empezaba a sospechar que había tomado el camino equivocado. una tarde fue a un pueblo cercano por veneno de ratas. eso no podría fallar entre los restos del strogonoff.
lunes, abril 17, 2006
jueves, abril 13, 2006
temporada de patos II
lo conozco hace años. es un tipo alto, feo, de lentes, con el pelo achatado, entre treinta y cincuenta años, cara de nerd, boca grande y paso ligero. se dedica a cazar minas por dieciocho de julio, la calle principal de la capital. de día y de noche esta al acecho, buscando presa. he sido su potencial víctima por mucho tiempo, hasta que una vez directamente lo increpé y me lo saqué de encima violentamente. ahora lo miro mal y no se mete. casi todos las noches me lo cruzo en algún bar, con alguna de sus piezas de caza. cuando me vine a vivir a montevideo y me encaró por primera vez pensé que se confundía o yo lo hacía y que en realidad nos habíamos conocido y yo era una desatenta al no recordarlo. años después mi cuñado me contó que un compañero suyo usaba la hora del almuerzo en su trabajo para parase en la esquina de la calle paraguay y a las mujeres solas que pasaban las invitaba a acostarse con él. siempre encontraba una candidata y volvía al trabajo con la misión cumplida. épocas del sexo seguro. entonces se me ocurrió que este ser era un sub producto de aquel, una variante, una cepa un poco diferente, más dispuesta a la charla, al preámbulo, a la invitación al café. un día hasta abrió la puerta de una parrillada y me invitó a almorzar. nunca llegué a aceptar nada de su parte. ahora camino por la ciudad desierta y lo reconozco, agazapado en la puerta del festival de cine, a la hora en que sale la gente de la función, con el programa de cinemateca arrollado en la mano. vestido con un chaleco a rombos celestes y amarillo patito. ahí está, dejando pasar a una serie de personas y fijando su objetivo. lo espío desde la vereda de enfrente. en la esquina, una de las mujeres solas de la manada dobla por la perpendicular, la sigue desolado con la mirada pero opta por la calle principal. era joven y bastante rica. cruza en el semáforo y sigue al pequeño malón que empieza a descomponerse, entonces aborda a la mujer de trajecito negro y falda. tiene pelo corto, desde aquí se ve como de cuarenta o cincuenta años. camina un poco alejado, como tambaleando, a su costado. insiste y sigue una conversación inverosímil plena de genéricos que ya conozco ¿ pero... como andas ? tanto tiempo ... ¿ como que no te acordas de mi, como andan tus cosas....bien ? ¿ tomamos un cafecito ? lo veo perderse y llegar a la esquina. cruzo porque quiero ver el fin de la historia. hay mucha gente en la parada del ómnibus, entre ellos, vuelve el cazador sin presa, raudo a tratar de pescar alguna que salga del cine rezagada porque es renga o se estropeó la cadera limpiando pisos.
miércoles, abril 12, 2006
todo bajo control
los asientos no alcanzan o están en el límite de lo tolerable. por eso la azafata sale a buscar un culpable, a revisar a los que ponen el equipaje en el asiento contiguo para evitar compañía. soy de las que tienen cara de viajar solas, nací con esa condición, es genético. ¿está ocupado? increpa la morocha de uniforme azul y moño apretado y yo intento un gesto de distraída y retiro la revista ilustrada del asiento. creo que fue al baño, miento con descaro. ¿ porque hay tanta gente dedicada al control ? profesionales y aficionados de la pregunta ¿ a que hora llegó ? ¿ con quien vas ? ¿ tenías la plata ? son cada vez más en número e insistencia. los que corrigen la gramática de los otros, los que cortan los boletos en la puerta del bus , los que revisan el monedero de la novia. ¿ nos estamos haciendo adictos al control ? ¿ acaso esto se esta convirtiendo en pandemia ? ¿ vaca loca, gripe aviar y control ? ¿ podremos sacarnos los mocos en el futuro sin ser reprimidos por otros ? ¿ existirá una policía uniformada que aprese onanistas en sus momentos mas privados ? ¿ mis impuestos irán para pagar este tipo de servicios de atropello? pero la mayor pregunta que me hago a la hora de pensar en nuestra futura sociedad-civil-policíaca es : ¿ quien emitirá los comprobantes, los recibos, los tickets de todo esto ?
martes, marzo 21, 2006
nunca tuve un robot
la primera vez que vi uno estaba en una revista. no puedo considerar que una procesadora de verduras sea un robot ¿ o debería ? tal vez pretendo que un robot de muestras de un grado mas elevado de inteligencia artificial .que pueda comprender una serie de cosas, comunicarse, resolver una cierta cantidad de problemas básicos. lo que le podría exigir a una mascota o tal vez menos. lo que no estoy dispuesta es a adorar a una máquina por el simple hecho que cumple con el objetivo para el cual fue diseñada. sería tan absurdo como instalarme en una sillita playera, un sábado de tarde frente al garaje de mi vecino y dedicarme a cantarle loas a su auto, a la inspiración del diseñador y a la estrategia de la marca. cuantas veces damos por el pito más, de lo que el pito vale. todo el tiempo. quizás sea una estratagema para disimular nuestra falta de brillo, nuestra intrascendencia, nuestro sempiterno aburrimiento. a veces, cuando no tenemos a mano un robot podemos cargar nuestras baterías admirativas sobre un creador, un deportista o una estrella de tv. a veces, la joven madre puede ingresar en el terreno de la auto adoración y hacer comentarios imposibles sobre los atributos sexuales que vio en la ecografía de su futuro bebé. a veces, la joven madre puede alienarse al punto de planificar que, una vez fecundado su ovario de ojos verdes por el espermatozoide de ojos grises de su apuesto marido, tendrá por resultado nada menos que a luis miguel. ah ! asi salen los hijos hoy en día... hay tanta estupidez en el horizonte. tanta brutalidad. tanto desconcierto. y yo, que nunca tuve un robot.
sábado, marzo 18, 2006
tarea
cuando todos salen del trabajo me mezclo en la montaña humana. copio la mirada perdida de los oficinistas alienados que salen a capturar los últimos rayos de luz natural, con las pupilas cargadas por los destellos del tubolux. camino contra la corriente desde la parte más espesa de la ciudad, donde toman los ómnibus, los autos, los taxis para regresar a casa. a veces, imito el andar cansino de un burócrata con maletín, cuando arrastra sus pies con zapatos negros de plantares por la panza de la vereda con el aire sufrido de alguien que sube el everest cada tarde. miles de émulos de amundsen llegarán a sus hogares, con la sensación de haber hecho algo asqueroso, indispensable y útil para la sociedad : trabajar. y yo, disfrutando del despido, solo puedo ir en la misma línea, aspirando los restos del aire viciado de las oficinas, saboreando las partículas de desodorante barato que sobrevivieron a una decena de horas de inactividad fehaciente, pisoteando los últimos restos del talco para los pies. marcho por encima de las ilusiones de tantas personas que alguna vez fueron niños, que alguna vez arrastraron con desgano la cartera rumbo a la escuela y que alguna vez pensaron que tendrían una vida mejor. uso la parte que me corresponde de vacío y tedio. uso la parte que me corresponde del trampolín que me lanza hacia la nada, al vacío, a la completa soledad. no distingo su vacío del mío. no los diferencio con un remarcador rojo o con un grafo fluorescente. todo es lo mismo, mi salida farsesca de un trabajo que no existe y la salida sobre actuada de un trabajo que no satisface. ¿ al fin, que diferencia puede haber ? el mismo tedio, el mismo olvido, el mismo tono. pero existe la diferencia, lo que hace que el maquillaje no sea lo mismo que la cara. una sutil separación entre las realidades, en el fondo, yo estoy jugando. ellos no.
miércoles, marzo 15, 2006
libertad intestinal
siete y media de la tarde. apenas empieza a inclinarse el sol. detrás de una columna, una señora de unos cincuenta años se baja unas bombachas amarillas y orina alegremente en la vereda. viste un trajecito con chaqueta y pantalón verde musgo, con un buzo de hilo color salmón. se ríe mientras sostiene, alejada de la acción, una carterita de terminaciones en cuero de potro. la columna revestida en granito del portal sobre la calle buenos aires hace muy poco para cubrirla. la veo mientras camino hacia la esquina del teatro, entre el humo de los taxis y los buses que se amontonan, a la hora que todos salen del trabajo, entre el caos del cierre de jornada en la city. a pocos metros una amiga rubia, algunos años más joven, también vestida con elegancia, sonríe y festeja un comentario de su amiga, la desinhibida, que termina su tarea y se lanza una risotada desafiante. disimulo y sigo mi camino hacia el concierto en homenaje a mozart que empezara en unos minutos. recuerdo en la primera vez que vi a una mujer haciendo caca en plena calle. fue hace mucho tiempo, cerca de un balneario, en brasil. pasada la medianoche, por la peatonal de la ciudad, el centro turístico por excelencia. una mujer de piel oscura y pelo abundante corrió delante del grupo en el que veníamos varios compañeros de viaje, se detuvo en un punto, arrolló su vestido y se puso en la posición más cómoda para lograr el alivio de su carga. en segundos dejó su ofrenda entre los adoquines y siguió su camino, más lentamente, más aliviada. entro al teatro solís y me quedo esperando la llegada de unos amigos con los que compartiré la función. bajo las luces, encima de la alfombra roja veo desfilar a la transgresora, haciendo su entrada triunfal. no sé si mirarla con reprobación o envidia.
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