la doctora me habla de mi inminente muerte. las dos, estamos paradas en el medio de una montaña de personas que parlotean y siguen con su vida. yegua - pienso yo - te recibiste en una carnicería y encima te hacés la viva. ella cree que me conoce y pone cara de drama mientras me mira las orejas, parece que mis lóbulos están muy claros. me revisa las uñas como cuando revisaba cadáveres en la morgue universitaria, en sus tiempos de estudiante. todo parece tan inminente, tan certero. quizás debería hoy mismo abandonar mis lecciones de salsa nivel tres para acostarme y esperar la llegada de la huesuda. no me atrevo a decirle que, si yo voy a morirme ella está muerta hace rato. es solo un holograma que habla, una suerte de resto de highlander, no una mujer. debería decirle que estoy segura que, por las noches, se inclina dentro de un sarcófago y se cubre con arena fina. pero tengo un camino simple para vencer mi destino esta noche. me sentaré en el bar del chico que me gusta y el me servirá un desbordante trago de campari y no pensará que soy un vampiro cuando encuentre mis huellas tatuadas en su cuerpo mañana.
miércoles, mayo 11, 2005
martes, mayo 10, 2005
sala siete
le habían advertido, las enfermeras del asilo, que el viejo vasagoda estaba en sus últimos días. que tenia una afección cardiaca y que era mejor no contradecirlo, para no llevarlo más rápido a la tumba de lo que preveía tata dios. por esa razón, por esa única razón y su irreprochable ética, era que soportaba todas las tardes los cuentos llenos de exageraciones y dislates del viejo de la cama de al lado. cuando el fabulador arrancaba, nadie podría imaginarse a donde llegaría. una simple historia a orillas de un afluente del olimar podría transportarlo a groenlandia, en el medio de una nevada y con el trineo de madera roto. el siempre había estado allí y en el peor de los casos, su sobrino enzo, que era un dechado de virtudes. para el otro, que había fundado una escuela moderna siguiendo las revolucionarias ideas varelianas, que siempre había estado al margen de cualquier falsedad, mentira o engaño, el soportar a su colega de cuarto se convertía en una odisea. algunas veces lograba meter un pequeño bocadillo en la charla, eran momentos gloriosos en los que el fabulador perdía el aire y recurría al vasito de agua en la mesita de luz. ahí se podía escuchar el comentario, siempre lógico y atinado, del maestro suárez. cuando el fabulador empezaba una historia de cría de pollos y los animales se transformaban en una banda de cóndores justicieros, el maestro recordaba su palabra empeñada a las enfermeras y sonreía. a veces los relatos rondaban la indecencia porque la línea se perdía entre tantos disparates y el narrador se detenía en el medio del camino y desafiaba a su oyente a recomponer los últimos tramos, aquellos imposibles prácticamente de reproducir por falsos. entonces suárez hacía un esfuerzo increíble por conectar todos aquellos cables sueltos, para lograr un discurso más o menos coherente. vasagoda complicaba otra vez más la historia y enredaba otra vez a su escucha para que razonara con él. una enfermera le había dicho que su vecino de cama tenía los días contados y para luchar contra la demencia senil debía ejercitarse reconstruyendo complejos relatos.
domingo, mayo 08, 2005
costumbres orientales
en mi barrio no hay niños. aquí preferimos los libros usados, las primeras ediciones o las que están autografiadas por el autor. los únicos que se reproducen por estas cuadras, son los chinos del tenedor libre. solamente ellos parecen interesados en traer al mundo a esos seres de caritas de marfil con dos líneas pequeñas por ojos y mejillas sonrosadas. después que los crían se los llevan a una chacra, a plantar peras chinas, que son redondas. nadie ve chinos adolescentes en el barrio. creo que los llevan a las granjas para adoctrinarlos y que no se contaminen con los jóvenes occidentales del barrio, porque de ese modo se convertirían en libreros de viejo y no tendrían hijos. la familia china necesita de brazos para subir los cajones de peras y repollos para hacer arrollado primavera. no puede darse el lujo de tener, entre sus filas, seudo intelectuales dedicados a la lectura.
giocondo
nunca tuve un conejo. el único que pasó por mi casa fue un conejo que mi padre compró en la feria, a una edad en la que yo no requería una mascota, para que mi madre lo usara de modelo y lo realizara en barro. en un arrebato creativo, el conejo fue bautizado giocondo por mi hermana mayor ya que se esperaba que el animal sirviera de inspiración para una obra maestra de mi progenitora, la artista de la familia. en su primer día en el taller el animal demostró no estar a la altura y se engullo sus excrementos a la vista de todos. giocondo no tenía un sexo definido pero sospechábamos que era macho. dividía su tiempo entre comer sus heces y comer cualquier otra cosa que pudiera estar en su camino. cables, por ejemplo. su jaula, por ejemplo. las sillas de paja y madera del taller y toda superficie más o menos digerible tras la pasada de sus potentes y destructivos dientes. un día descubrimos que el apetito voraz del conejo le impedía cumplir otras funciones como el dormir. para él, daba lo mismo la noche o el día y nuestras alternativas se dividían entre alimentarlo con una verdulería entera o dejarlo comerse sin sal ni pimienta todo lo que existía en nuestro hogar. incluidas las pantuflas de cuero de mi padre y las joyas de la abuela. un día mi madre, dijo que ya había pasado el tiempo de modelar a giocondo, que había crecido y había perdido las bellas proporciones de la infancia. ahora ya no tenia la cabeza del mismo tamaño del cuerpo, como cuando era un bebé y se parecía a un bicho destinado a alegrar una cacerola con muchas papas. en ese momento, el conejo pareció, por primera vez, comprender algo dicho por un humano y tuvo su despertar sexual. el deseo por comer fue sustituido por el deseo por reproducirse y empezó a hacer campaña con una empleada del taller que después de un par de intentos toleró trabajar el resto del día con el animal en la falda. el secreto fue develado, ella tenía una coneja en su casa. así que arreglamos un matrimonio por conveniencia y le dimos a giocondo, quien fue un padre útil y realizado, en alguna otra parte de la ciudad.
sábado, mayo 07, 2005
tengo mis límites
puso cara de pensativo y empezó a trabajar denodadamente con la lengua hasta que logró desprender los restos de terrina de calabaza de la corona sin terminar que tenía en el premolar derecho. aun no sabía bien porque se dejaba arrastrar por su novia a esos sitios afectados con comidas chic, con nombres en francés o en italiano, que nunca saciaban a su estómago. encima, siempre los acompañaba algún maquillador o peluquero gay al que también debía pagarle la cuenta. en ese momento, su novia y su amigo siempre se las ingeniaban para cuchichear un tema importante y el se quedaba mirando al mozo, con la adición en la mano y abriendo la billetera. una fibra de la maldita calabaza se había ensañado con él, o tal vez lo había preferido, estaba trancada y oponía resistencia. daría su reino por un escarbadientes pero rosarito nunca se lo permitiría lucir en público a pesar que el llevaba su palillo personal, en la navaja suiza, se veía confinado a pasar al baño para usar el instrumento. el aburrimiento era el común denominador de aquellos almuerzos y cenas en las que solamente estaba para pagar. tampoco salían baratas a pesar de que se trataban de simples verduras. entonces, con el postre pidió una botella de champagne. rosarito lo miró en un principio con reprobación, pero después vio la chance de hacer una suerte de festejo menemista y apoyó la idea. cuando se terminaron la primer botella, pidió una mas, de manera de asegurarse un buen engorde de la cuenta. el amigo gay había empezado a rozarlo por debajo de la mesa, un poco más sacado que de costumbre. entonces el dijo que iba al toillette y se alejó del lugar, para siempre.
la virilidad del ciruela
me siento en una mesita, a la sombra y veo pasar el traje arrugado pero elegante de un caballero de pelo teñido. no entiendo quien asesora a estos señores de más de sesenta, que ya perdieron algunas chapas del frente del rancho y sobre todo, no logro entender el gusto por aplicarse color ciruela en la cabeza. tal vez, deberían apostar al rubio ceniza, algo más discreto y favorecedor. esta claro que en una peluquería de mujeres nadie se pondría ese tono violáceo, por el simple hecho que el mismo tono denuncia el artificio. quizás, en el misterioso universo de los hombres existan serios motivos para brindarle al color ciruela los mismos poderes del viagra. hay tantas cosas que una desconoce, que resulta arriesgado lanzar una teoría al aire como si fuera un sueñuelo de pato frente a tres tiradores expertos. felizmente el señor del traje arrugado beige y de buen corte no quedó en mi campo visual, sólo tengo hordas de brasileños con hijos que toman café y conversan. desfilan ancianas con diferentes versiones de animal print. las más políticamente incorrectas tienen variaciones sobre fucsia o gris con manchitas de tigre en negro. abundan esta tarde, corrompiendo el equilibrio estético del planeta. la moza, que se acerca a atender una mesa, rezonga a los niños brasileños con una firmeza similar a la de una institutriz galesa. los padres se hacen los distraídos en otra mesa, han perdido por completo el control y tratan de ignorar el zafarrancho infantil. miran cadenitas de oro y otras cosas que se compraron esa tarde. me imagino como serán de adultos esos niños llenos de dinero, descarrilados por la poca atención de los padres, agresivos y desesperados, listos para escarchar autos último modelo como única alternativa de entretenimiento.
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